domingo, 21 de julio de 2019

Akaal

Julio 2019

Comenzaste por olvidar el significado de las palabras. Abrías los ojos y me mirabas queriendo decirme tantas cosas pero ya no podías. Fue en Junio del 2016, en la época en que los árboles de chinines comenzaban a dar sus frutos, justo después del entierro de tu hermano Ricardo. Ahí decidiste dejar de hablar. Habías dicho tanto en tu vida que ya no valía la pena seguir pregonándolo; o tal vez, el sentido de las palabras eran ya simple nimiedades.

Me observabas, y me daba miedo... Me daban pavor tus ojos inmóviles, odiaba mirarte y no saber qué pensabas. Saberte ausente. ¡Cómo entender que te habías ido hace mucho, si estabas aún presente! ¿A caso lo estabas? ¿Sabías que me lastimabas? ¿Te importaba?

Me dejaste solo: solo, enfermo y triste. De la nada, ya no tuve con quién deshierbar plantas, ya no tuve con quién mecerme en la hamaca una tarde calurosa, con quién ir a comer pescado asado al puerto de Chiltepec, con quién recorrer los cacaotales en época de cosecha, con quién ir a beber una buena cerveza en las fiestas patronales. Y se me olvidó, se me olvidó que existía más allá de ti. ¡Qué culpa tenía yo de que tú hubieras deseado dejar de vivir! ¿Por qué tenía que cargar con la ausencia?

Pronto olvidaste incluso mi rostro. Te cuidaba día y noche, te bañaba, te limpiaba, te secaba ¡Y no sabías quien putas era! Entiendo, ¡Cómo si recordar un rostro fuera importante! Quizá no para ti, pero sí para mí que había compartido tanto contigo.

Un día las fuerzas y las ganas ya no fueron suficientes y dejaste de caminar. Te olvidaste de comer, tus esfínteres se volvieron débiles, tu mirada se quedó vacía, la mitad de tu cuerpo quedó inmóvil. Las noches comenzaron a atormentarte,  la vida comenzó a pesarte y cada día se convirtió en un suplicio suicida para ti. Y te fuiste yendo lentamente, olvidando que tenía sentido quedarte a mi lado. Y traté, te juro que traté de hacerte sentir que yo era tu hogar.

Comer dejó de ser una sutil mezcla de texturas y sabores. Ya no tenías fuerzas para masticar, ya no podías sostener una cuchara.  Pasaste de los sabores a selva centroamericana - de los tostones de plátanos, los verdes con chipilín, hoja santa y chaya, del chile amashito con sal, las tortillas de frijol, la salsa ácida de tomatillos silvestres, la yuca cocida en un buen caldo de res, la cascarilla de cacao triturado para acentuar los sabores, el color del achiote presente en los adobos tradicionales, el pejelagarto con cebolla morada marinada en naranja agria, de una buena charola de ostiones al tapesco- a las papillas de brócoli, chayote y apio. Y no tuve más remedio que olvidarme yo mismo de esos olores. 

Me permití irme consumiendo contigo. Dejé de trabajar, dejé de escribir, dejé de pensar, dejé de sentirme enraizado. Y dediqué mis momentos a honrar los segundos en los que me sonreías como si nos recordaras, estaba seguro que podías leerme como antes. Intentabas hablar diciendo palabras que no enlazaban, pero de alguna forma me hacía sentido y me aferraba a esas pláticas insípidas. Me habías enseñado tanto en la vida, habías sido mi sostén, la fuerza y dirección de mi desorden, mi ancla, mi timón y mi vela al mismo tiempo. ¡Me habías dado tanto de ti, que era imposible no verte y llorar de vuelta!

En los días de lluvia los huesos te dolían, en los días de calor la humedad dificultaba curar las heridas de tu espalda. No querías bañarte, no querías comer, no querías visitas, sólo querías dormir. Querías cerrar los ojos e irte. Pero yo estaba aferrado a ti, a tu estar conmigo, a lo que habías representado en mi vida, a quien habías sido.

Vivir era un silencio eterno para ti, así que aprendí a quedarme callado a tu lado. A sólo escuchar el trinar de los pájaros cada madrugada y el aullido de los monos arañas cada aguacero de verano. Aprendí a dejar de oirte, a sólo velar tus sueños y dejé de dormir, de alguna manera estaba obsesionado porque estuvieras bien, así que me levantaba a verte a las 11 de la noche, las 2, las 5 y las 7 de la mañana y despertaba pensando en ti muchas más veces en la madrugada. Me daba miedo perderte, tu respiración era lenta y casi escasa, así que observaba continuamente que tu diafragma aún tuviera movimiento.

Te dediqué mi vida, te cuidé y te serví hasta el último instante. Y no por obligación, no porque debía o por remordimientos, lo hice por amor y por lealtad. Porque te amé siempre, porque no concebía la vida sin ti, porque mi vida tenía sentido sólo en nuestra historia compartida. Lo hice porque me dolía ver cómo te consumías, ver cómo te habían olvidado todos aquellos a los que habías amado. A veces te entristecías, llorabas, y algunos días, recordabas tus propias historias inventadas, aquellas, donde yo no figuraba. Preguntabas por nuestros hijos, por nuestros padres, por nuestros nietos, por nuestros hermanos, por nuestros amores... Preguntabas por todo lo que creías que tú y yo éramos porque no sabías qué éramos. No tenías ni idea porque siempre me quedaba a tu lado.

Un día de Julio de 2019 no abriste más los ojos. Tomé tu mano aún tibia y te dije te amo. No me sentí vacío, ni solo, de alguna forma, te habías ido de mi lado hacía mucho. Así que sólo susurré Akaal entre mis labios que temblaban aún más que mi propio corazón, y me dispuse a dejarte ir...

"Akaal... Akaal hasta donde quiera que estés, en este universo o en la eternidad".

3 comentarios:

David* dijo...

no se que pensar....me estaba dandp hambre y al final me dieron ganas de llorar!....pero esa es la idea no? meter al lector en la historia

@dane_danonina dijo...

Jajaja te estaba dando hambre de tanta comida tabasqueña? Pero es sólo un párrafo. Los cuentos se desarrollan en diferentes lugares y trato de incluir un poco del contexto del lugar. Este se desarrolla en Tabasco.

serlå dijo...

Que lindo, el final me gustó mucho, repetí las palabras.