Marzo 2014
Pasábamos horas tras una botella de plástico que el viento arrastraba kilómetros, días enteros en expediciones en las rocas cercanas, donde tantas historias habían ocurrido antes de nosotros. Meses de salvar almejas, estrellas de mar o agua malas. Años enteros de enterrar nuestras penas y nuestras alegrías en la arena oscura y caliente del Golfo.
Tenía once años cuando vi a mi madre por última vez. Murió a las tres de la mañana en una cama del Seguro Social. Vi el rostro de mi padre descomponerse y no necesité más. Caminé por horas a orilla de la playa, casi sonámbula, intentando no sentir, intentando no llorar. Regresé a casa más allá del medio día, estaban a punto de enterrarla. La recuerdo con su vestido blanco, las manos cruzadas en el pecho, en ese ataúd café, sin brillo. ¡Con cientos de flores alrededor, pero sin magia!
Mi madre, se llevó a mi padre... Prácticamente no volví a verlo jamás. Pasaba horas pescando en el mar, su trabajo se volvió su vida. Así que dos meses después de la muerte de mamá, mi tía Cristina llegó una tarde de sol, con sus profundos ojos verdes, su cabello despeinado y su sonrisa torcida, decidida a llevarme a Xalapa y alejarme del aroma a tierra y sal. Esperé a mi padre en el muelle hasta las once veintiséis de la noche y nunca llegó. Y lloré, lloré los 496 kms que recorrí hacia Xalapa. Llegué una madrugada de Noviembre, sin calidez en la atmósfera, sin olor a mar, sin languidez... Me recibió a cambio, una ciudad húmeda y fría, con sonido a tierra mojada, con sentido a flores, con olor a café, con sabor a araucarias, con imagen a esperanza; demasiado compleja para mí.
Papá escribió un par de cartas que fotografiaban mi mar del Golfo, que me hablaban de su vida, que traían consigo nuestro olor a coco. Cada día con el agua dulce de manantial de Xalapa, de mi cuerpo se desprendía el viento arenoso de Jicacal. Por sus cartas supe que había comprado otro barco con el que alcanzaba distancias más profundas en nuestro mar. Me contaba de sus viajes por carretera, más de una semana hasta Reynosa o a Chetumal, según fuera el caso. Llegaba a los mercados de pescado de las pequeñas poblaciones y negociaba las mojarras con el mejor postor. Pueblo, tras pueblo, día tras día, hasta vender las dos toneladas de carga. Dormía, comía y se bañaba en la camioneta, en compañía de los demás comerciantes, quienes ya eran parte de su familia y en compañía del recuerdo de mi madre, la única persona con quién podía conversar. Silencioso, retraído y pensativo, así era mi padre, así era su vida.
En todas sus cartas papá siempre prometió que pronto me vería en Xalapa, pero las condiciones nunca fueron buenas, el tiempo, el clima, la carretera, el mercado, nunca fueron los adecuados. Aún hoy me repito todos los días que fue cierto, que fueron las curcunstancias, que papá si quería verme. Tal y como lo decía en sus cartas, se moría por abrazarme, por llevarme a una de sus aventuras, por retornar juntos a Jicacal, por volver a fusionarnos con el arena, el mar y la sal.
Papá desapareció en una noche de pesca, dicen que días antes fue a la cervecería que está en la entrada de la laguna ostión, como en los viejos tiempos, a despedirse de los amigos. Era el mismo José de antes, pícaro y festivo. Rió toda la tarde, contó su viejo chiste malo del marinero cojo, bebió un par de cervezas oscuras y agradeció a todos el haber estado con él los últimos seis años. Por eso dicen que planeó su muerte, dicen que tenía una cita con mi madre esa noche. Nunca encontramos el barco, nunca encontramos su cuerpo, simplemente desapareció una noche de pesca.
Tenía 21 años cuando regresé, nada había cambiado, las mismas calles de arena, las mismas casas de teja, el escaso pasto de los jardines intentando sobrevivir a la salinidad, los niños jugando en las rocas de la playa, la pequeña iglesia a medio construir, el peculiar mercado de pescadores, Doña Marce, con su rebozo colorido, vendiendo empanadas en una esquina de la plaza, las gaviotas revoloteando alrededor del faro del muelle, y ese olor, ese olor a mar que no estoy segura si entra o sale de mí. ¡Tantas imágenes, tantos rincones, tantas nostalgias, tanta sal!
Durante 17 años, cada que la vida me llevaba a Jicacal, justo en la puesta del sol, me embarcaba en la búsqueda de mi padre hasta que oscurecía, hasta que se apagaba el ruido de las aves marinas, el viento comenzaba a congelarme y el golpeteo de las olas se tornaba extraño para mí. Para las once veintiséis, alcanzaba el muelle, descendía en la oscuridad y caminaba a casa llorando, haciendo el recorrido de aquella niña de once años, que varios años atrás, temblaba preguntándose por qué papá no había regresado y porque tenía que irse de su hogar.
Hace 5 años dejé de buscar a papá. Una tarde, sentada, contemplando nuestro mar del Golfo, en una larga puesta de sol, con la única compañía de los pequeños cangrejos azules, que exactamente a la misma hora corren despavoridos a su refugio; entendí porque nací en esta tierra, porque extraño esta arena, porque extraño este aire, porque extraño este olor; porque cada noche lejos de Jicacal es angustiante para mí, porque los diminutos callejones xalapeños me ponen nerviosa, porque la lluvia constante de Agosto y ese olor a tierra mojada me altera, porque odio las mañanas de frío y porque vuelvo una y otra vez a esta tierra, que con cada ola, se ha llevado todo.
Estoy a unos días de cumplir cuarenta y tres años, tengo justamente la edad en la que murió mi madre. Y soy feliz. Me encanta caminar por la orilla de la playa a las seis de la mañana, sentir el arena y las olas que vienen y van sin ninguna prisa. Observar el mar oscuro, verdoso e inmenso. Negro, profundo y vacío... Me encanta hacerlo sola, es como un ritual de purificación del alma. Amo cada mañana, cuando al regresar a nuestra pequeña casa de la playa, veo en la hermosa sonrisa de mi hijo, el amor de mi padre.