Abril 2018
Mi querida Jiawen!
Hace exactamente 17 horas 43 minutos ya, desde la última vez que te ví. Para ser ciertos, de hecho es también la primera vez en este tiempo. No me costó trabajo reconocerte, aunque tus ojos son diferentes: grandes, mucho más grandes de lo normal, conservan esa aura de tristeza matizados con picardía. No sé si lo acordado por nuestras almas incluya volverse a encontrar en esta vida, pero me fue difícil simplemente no tocarte. Me viste 5 segundos a lo mucho, no me reconociste. Intenté abordarte pero todo tu ser me gritó al unísono, "Gracias por respetar nuestro trato".
Debo confesar que me preocupabas, hacía 34 lustros que no teníamos el placer de coincidir. Sufrí al dejarte, pero el invierno era demasiado frío en la provincia de Heilongjiang y mi cuerpo no fue capaz de resistir aquella pulmonía. Tengo tantas preguntas que hacerte. ¿Cómo fue tu vida? ¿Conociste a alguien más? ¿Nuestro hijo fue un hombre de bien? ¿No te costó trabajo seguir sin mí?¿Fuiste feliz mi querida Jiawen?
Te reconocí a lo lejos, desde que pusiste un pie en la azotea del "blue moon". Debajo de nosotros la caótica y agetreada Bangkok. Las luces de la ciudad a nuestro alrededor y el viento soplando nuestros rostros justo en el piso 63. Eres de tez morena, te queda bien por cierto, tus rasgos son latinos, me atrevo a decir que no mides más de 1.54 y eres una menuda señorita de unos 30 o 34 años. ¿Por qué decidiste nacer a miles de kilómetros de mí? No entiendo porque te empecinas en fortalecer tu espíritu al otro lado del mundo con un grisáceo y frío océano separándonos...Te observé, el viento hacía volar tu cabello y mordías tus labios, como cuando estás preocupada. Tal y como lo hacías en las estepas de la vasta Mongolia en 1226, cansados de caminar kilómetros sin encontrar comida y con la esperanza languideciente de hacerlo.
He llegado unos 11 años antes, si lo piensas bien, a nuestra edad la diferencia no es tan acentuada. Aunque puede ser contrastante visualizarme a los 23 años parado nervioso en Wat Arun, a punto de bendecir mi unión con Kim Liu, mientras tú, jugabas a cazar pompas de jabón en el jardín la escuela básica. Conocí a Kim en la preparatoria, es la tercera vida que compartimos juntos. Nuestras almas se han compenetrado tanto, que hemos acordado compartir hasta la eternidad. A veces siento que es una extensión de mí mismo, ella puede observar la melancolía que me provoca recordarte. Me ha dicho de mil maneras que deje de buscar lo que no está destinado para mí.
Las noches de abril en Bangkok suelen ser particularmente calurosas. Era justo la media noche cuando pisaste el último escalón del bar. Verte, después de haberte buscado por tanto tiempo, fue como un electroshock en mi sistema nervioso. Vestías simple, unos jeans y una blusa azul manga larga; y sonreías, con esa sonrisa franca y abierta que me robó el corazón varias décadas atrás, cuando te vi por primera vez a orillas del río Chao Praya. Una de tus amigas te llamó por tu nombre y con ese sonido quise sumergirme dentro de tu alma. Se detuvo la música un instante, y desde el "blue moon", ví el movimiento de las risas provenientes de Khaosan, sentí el sabor del incienso quemándose en el Wat Pho y olí las gotas de agua que debajo de nosotros se esparcían en la celebración del Songkram. Kim también te sintió, tomó mi brazo, delimitando de alguna forma, lo que ha sido suyo los últimos años. Sonrojó y me dijo te amo sin emitir sonido.
Kim entró a mi vida el 31 de Agosto de 1858 justo la tarde en la que la armada Francesa entraba a Danang, en la primera de muchas batallas durante la colonización de Vietnam. Yo era entonces, una niña de 11 años que sostenía con las manos ensangretadas la cabeza inmóvil de su madre. En el estruendo de la pólvora activa, vi danzar a mi padre y a mis hermanos el himno fúnebre de la guerra. Mientras secaba las lágrimas pegadas con tierra y saliva de mi cara, pude leer los labios de Kim diciendo "Corre". Y desde entonces, ha sido mi centro, lavando mi alma lastimada cientos de veces.
¡Has crecido tanto mi querida Jiawen! Transmites paz a distancia. Miras con esa vehemencia con la que adorábamos a Visnú y Siva en la selvática Funan, el Angkor Wat del siglo VI. Sonríes con la misma fascinación con la que entonabas cánticos en sánscrito venerando a nuestras deidades hindúes. Hablas con la misma sabiduría que sólo te da la experiencia de mil vidas. Y sin poder dejar de contemplarte, tuve ganas de correr hacia ti, tuve ganas de regresar en el tiempo, de caminar junto a ti tras las manadas de elefantes, de buscar juntos flores de bananas para la cena, de ser tu refugio en las lluvias que traen los mozones del sudoeste cada Julio, de amarte nuevamente a 41 grados centígrados. ¿Dónde has estado Jiawen? ¿Qué han visto tus ojos? ¿Qué guerras has vivido? ¿Qué dioses has adorado? ¿Qué templos has pisado? ¿Bajo qué luna, bajo qué sol, bajo qué cielo, bajo qué lluvias has llorado?
Hace algunos meses le diagnosticaron a Kim cáncer terminal, pronto me dejará solo. Hemos pactado encontrarnos en el próximo ciclo. Pero te he visto Jiawen, y eso lo cambia todo. Te he visto y en lo único que alcanzo a pensar es en hallarte, no importa cuántas tierras tenga que pisar, cuántos mares tenga que navegar, cuántos cielos tenga que mirar, cuántos dioses tenga que venerar, no importa el tiempo que tenga que gastar. Quiero amarte con esta cara, con esta sangre, con esta piel, en este ciclo, en esta vida, sin importar qué, quiero amarte hasta el último segundo de esta existencia humana, aún cuando más tarde, no estemos destinados a estar juntos, nunca más...