lunes, 16 de diciembre de 2013

Historias no contadas

Enero 2014

Escuché atentamente los últimos detalles de su historia, sorprendido, pregunté  unas cinco veces durante la conversación ¿Estás segura? La realidad, era que no lo estaba, pero no sabía cómo responder. Al finalizar nuestra plática me dijo contundentemente -"sí, estoy segura".


Me quedé mudo, observándola, vi como su rostro se descomponía y como intentaba no mirarme. Había decidido regresar con él. ¿Y yo? ¿Yo qué? Quise comprenderla, pero era demasiado. Me levanté de la mesa y me di la vuelta. 

¿A caso creía que seguiríamos viéndonos? ¿Habría creído que la abrazaría y le desearía que fuera feliz? Llevábamos más de 2 años juntos, me había tocado abrazarla mudamente buscando entendiera que su integridad estaba intacta, había estado con ella esas noches cuando sus ojos negros se llenaban de miedo y su cuerpo tiritaba, sin querer, la había escuchado llorar sola y la había sentido palpitar en mis brazos. ¿Y después de tanto hoy se daba cuenta que lo amaba? ¡Al diablo! 

Estaba enojado. Los zumbidos a mi lado cada vez eran más cortos y más frecuentes. El aire golpeaba mi cara y parecía que atravesaba el casco. Mi cabeza daba vueltas, no podía conectarme. Comencé  a sentir una punzada en el estómago y mi mirada se nubló. Bajé la velocidad hasta quedarme completamente detenido. Y ahí, a orilla de la carretera, estuve parado por horas...

Cuando llegué a casa sus cosas no estaban, el teléfono sonaba y el calefactor estaba encendido. Ilusamente pensé que tal vez volvería, pero la esperé durante muchos meses, y nunca volvió.

-------
Me costó trabajo decidirme, claro que sentía algo especial por él. Me había sanado, me había hecho sentir que valía la pena intentarlo. Recuerdo bien aquella noche dos años atrás, estaba asustada, casi lo desconocí, sostenido a esa furia y a esa vara, pudiendo incluso matar por defenderme. Escasamente recuerdo la escena, veo los pequeños cristales del parabrisas caer sobre mí, lo oigo a él gritando y vuelvo a sentir esa mezcla de miedo y esperanza.¡Si tan sólo pudiera amarlo!
 
Traté de amar su dulzura, de robarme su sonrisa en el alma, de que su compañía se conviertiera en más que una amistad honesta. Pero más allá del nosotros, yo tenía una historia pendiente, con grietas sí, pero con tanto compartido, que al final da igual. A veces no entiendo por qué nos da miedo dejar lo vencido, es como sí disfrutáramos la tortura diaria de la inanidad.

Pensé que entendería, al final, lo hacía por él. Lo esperé toda la tarde en casa, entendí que ya no quería verme, tomé mis cosas y me fui. No todos los encuentros tienen historia, quizá el nuestro no valía la pena contarlo. Volví varias veces para verlo, pero nunca pude tocar la puerta. No era el pensarlo lleno de ira, sino el pensarme olvidada.

-------
La observo cada mañana, odia levantarse temprano así que me toca verla en los primeros minutos del día. Cuando duerme pareciera que todo resulta, son los únicos minutos del día que estamos en paz. Tiene la mirada perdida y cabizbaja, hace los quehaceres diarios como sí eso fuera lo único que la llenara. Creo que aún no puede perdonarme. Y pensarlo me llena de rabia, me llena de rabia con ella, me llena de rabia conmigo.

A veces sonríe, bromeamos un poco, como lo hacíamos antes, pero siempre hay un "pero". Me desespera  tanto que quiera controlarme, que necesite una vida perfecta, que yo no le sea suficiente. Me duele lo nuestro, la amo, la necesito, no puedo estar lejos de ella, pero no soy feliz. Me asfixio.

 Me reprocha una y otra vez esa noche. ¡Perdí los estribos, qué más quiere escuchar!  He pensado en irme muchas veces, ninguno de los dos está bien, tal vez fue un error regresar... 
 
-------
En tardes como hoy, en las que salgo a caminar al parque la extraño, solía acompañarme para comentarme el minuto a minuto de su vida. Era como una niña que exploraba el mundo, siempre pensando en cuál sería el siguiente paso a dar. Supe por unos amigos en común que hace varios meses que no están juntos. Creí que me buscaría. ¡Tenía todo el drama ensayado! Y al final, dignamente la abrazaría y la introduciría en mi vida de nuevo; pero no lo ha hecho. Supongo que ya no le intereso, sé que tengo que sobreponerme a eso, pero no puedo evitar que cada centímetro de mi existencia me lleve a hacia lo que hoy, ya no somos.

-------
Pienso en él, en lo que tuvimos, en lo que compartimos, en lo que no se dijo, en lo que no se dio. ¡En toda esta historia que no contamos! Al final las cosas suceden por una razón y creo que los encuentros se dan porque tenemos experiencias que vivir y aprendizajes que asimilar, pero, ¿qué hace el alma cuando no puede digerir los errores cometidos? cuando no se perdonan las heridas hechas. Lo extraño, con cada vello de mi piel, con cada latido impaciente, con cada mirada encerrada, con cada suspiro pensado, que melancólicamente, me llevan hacia él, hacia lo que fuimos, hacia lo que intentamos ser, hacia lo que hoy, ya no somos. 

-------
Aún creo que pude haber tomado mejores decisiones. Su ausencia me ha dado un gran vacío. Tengo la necesidad de estar con ella, de buscar lo que fuimos, pero los últimos meses juntos fueron  un desastre. He llegado a pensar que la he idealizado, que las circunstancias me llevaron a esto. Me culpo, todos los días me culpo por haberla lastimado. Tengo nublado los recuerdos de ese día, la veo bajarse del auto llorando, lo recuerdo a él amenazándome y me recuerdo a mí aturdido.¡Fue el límite! La línea que al pasar, desfigura lo que eres.  Reflexiono en lo que perdimos, en lo que dejamos ir, y cada pensamiento me lleva hacia lo que hoy, simplemente ya no somos.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Cada vez nos despedimos mejor...


Basada en la obra "Cada vez nos despedimos mejor" de Alejandro Ricaño
Diciembre del 2013

Quedé conmovida al terminar la función, sentada ahí, sólo mirando, entre filosófica, sensible  y creo que el otro adjetivo es impotente. Tuve que desaletargarme de mi petrificación temporal debido a que la pareja de junto me apresuraba a salir; pero ni ese pequeño incidente, ni la cerveza que me tomé después del teatro, ni la caminata de cuadra y media para tomar un taxi, impidieron que siguiera dándole vueltas al tema. 

Y lo recordé, con esa sonrisa afable que no le gusta mostrar. ¿Dónde estaría él ahora? ¿Le estaría haciendo falta? ¿Habría una despedida más entre nosotros? Tal vez nuestra historia no sea tan social, ni tan predestinadamente trágica como la de Mateo y Sara. El sí nació en Diciembre de 1979, pero a mí, la vida me trajo 2 años después, ¡Y crecimos en lugares tan distintos!  Que nunca nos encontramos a una temprana edad. Así que no estuvimos juntos ni en el terremoto del 85, ni en el apagón del sistema electoral cuando ganó Salinas, ni en las manifestaciones de Cárdenas quien juraría terminó por venderse. Aún no lo conocía cuando en 1993  el subcomandante Marcos se levantó en armas, cuando mataron a Colossio en 1994, cuando los bancos en medio de una crisis nacional se declararon en quiebra y se dio origen a lo que muchos denominaron el fraude del siglo: el FOBAPROA. No vivimos juntos en el 2000 la celebración del nuevo México democrático que permitía subir al poder al Partido Acción Nacional, tampoco comentamos sobre nuestro presidente en turno, cuando a principios del siglo intentaba comprar tierras  a menos de 70 centavos de dólar para la construcción de un aeropuerto, o cómo allá en Atenco el entonces gobernador del Estado de México ejerció una terrible mutilación de los derechos humanos en el 2006.

Lo ví por primera vez en la azotea de mi casa en julio del 2008, había sido un ciclo escolar complicado,debido a la inundación de Tabasco en el 2007 se habían perdido más de 2 meses de clases. La situación económica de Tabasco no era la mejor, se esperaba un repunte importante por la inyección económica que se hizo después del desastre, pero el índice de competitividad ese año era incluso menor. Pero eso, no era relevante en nuestras vidas, lo que era importante para nosotros era entender por qué la intensa necesidad de nuestros cuerpos por estar cerca. La proximidad, quizá, llegó a distorsionar la imagen de lo que creíamos ser. Nunca he terminado de entender el porqué...

En Septiembre del mismo año, mientras en Morelia se detonaban dos explosiones en la celebración de la independencia, nosotros nos separábamos por primera vez. Es irónico, pero fue su honestidad la que me fracturó. Volteó la cara y empañó esa mirada infinita, que nunca busca mis ojos y que languidece en el suelo cada vez que tiene que hablarme de algo complejo para él. Aún hoy, no he entendido si eso le sucede porque odia lastimarme o porque le apenan sus actos. Siempre he querido imaginar que de alguna forma le preocupo.

Nuestra primera despedida fue insulsa, no supimos como hacerla, así que regresamos una y otra vez. Aunque al principio regresábamos todos los días durante ese año y medio, los regresos fueron cada vez más esporádicos, pero siempre con la medida exacta y la pasión necesaria. Hasta que se fue en Marzo del 2010, justo una semana después de prometerme que las miradas empañadas que se perdían en el infinito desaparecerían.  Sonreí, mientras se despedía de mí por teléfono. No captaba fácilmente la realidad pero aún así lloré. Esa fue nuestra mejor despedida, dramática, pero sobre todo terminante. Creo que fue ahí cuando dejé de amarlo, o mejor aún, cuando dejé de amarme. Al igual que México descubrió  tras un mes de angustia que Paulette estaba muerta; mi ser, en un principio secuestrado, terminó por aniquilarse a sí mismo.

En junio del 2010, el huracán Alex lavaba con fuerza su paso por Nuevo León y el río Santa Catarina, desbordado, arrastraba en su caudal construcciones que ya sólo eran viejas historias. Días antes, nos habíamos despedido nuevamente. Creo que lo que importó en esta despedida fue que Alex, terminó por lavar mi corazón la noche del 30 de Junio mientras esperaba sola y vacía un avión que me llevaría hacia el Pacífico.
 
Hemos ido perfeccionando nuestras despedidas, cada vez son más contundentes y  más precisas, cumplen con el propósito de alejarnos más. No es que no sintamos el amor loco, posesivo e intenso de Mateo, no es que no tengamos esa contractura en el alma cuando nos separamos, o al menos, no es que yo no lo sienta; pero también está presente el desgaste, la ausencia del perdón y esa imposibilidad de amar que Sara carga consigo.
 
Ya había pasado más de un año para el último trimestre del 2011, deseaba verlo, pero igual deseaba lastimarlo. En Tabasco ya no eran noticia los más de 360,000 damnificados por las fuertes lluvias de Octubre, tampoco lo era haber firmado el tratado de libre comercio con Centroamérica después de año y medio de negociaciones, o que por esos días, México estuviera obteniendo su tercer boleto para ir a Londres.  A ese punto, ya nada era importante. Así que pensé que un encuentro casual tampoco lo sería, pero lo fue. Siempre he tenido la curiosidad de saber en cuál despedida dejó de amarme.  Yo infiero que fue en la del 2011 mientras manejaba molesto a su trabajo, prometiéndose, que sería la última. Él siempre fue el más coherente.  
 
No sabía que su adicción a mí lo llevaría a buscarme tantas veces durante el 2012, y al igual que los discursos de las campañas electorales de ese año, mucho se fue en promesas incumplidas y en disturbios personales. En movimientos fugaces que no arreglaron nada. Así de inservible y pasajero como el movimiento "Yo soy 132", que sólo mostró la falta de organización civil de nuestro país y un activismo mediocre que no soluciona nada y nos vuelve más tolerantes ante un gobierno y un sistema político ineficiente.
 
Así, al fin cansada, en medio de las discusiones por las reformas educativa, energética, y fiscal, en Abril del 2013 y sin previo aviso decidí echarlo. A distancia nos despedimos nuevamente, jurando cerrar para siempre este ciclo. Pero me habló una mañana de Julio y nos despedimos nuevamente en Octubre. Fue diferente. Me  abrazó en la puerta, no lo esperaba, fue un abrazo pretencioso, de esos que quieren aparentar que no pasa nada pero que reflejan que al terminar todo se desmorona, que todo pende de una pequeña telaraña. Le di un beso y supe que sería la última despedida. Aún lo creo. Esa tarde me dijo que no sabía amar; pero quiso decir que no podía amarme, que nuestras muchas despedidas han quizá discapacitado cualquier posibilidad.
 
Me pregunto sí tendremos otra despedida, definitivamente cada vez lo hacemos mejor... No entiendo este amor tan urbano que nos profesamos, gris, pálido, que existe, que está dentro, pero tan desgastado, tan leve, tan autodestructivo, tan repetitivo, que a este punto, se vuelve complicado anclarlo.