Agosto 2014
"En las noches de exacta soledad, maldita y arruinada soledad sin uno mismo, trepan a la garganta y costras de silencio, asfixian, matan, resucitan..."
Si al cerrar los ojos pudiera poner la mente en blanco para no sentir este vacío tan fiel al que Sabines describe y parara de pensar, de recordar. Si pudiera no permitir que resuciten. Ya no llorar, me cuesta no llorar cuando estoy sola. Aún no he podido dejar de extrañarlo, pienso en él, y siento este nudo en la garganta como una gran piedra de sal que me atraviesa, que de pronto explota convirtiéndose en millares de pequeños cristales que lentamente van incrustándose en mí carcomiendo una epidermis ya sin vida y lastimándome en cada aliento. Si respirar fuera suficiente, tal vez, sólo tal vez, no lloraría.
"A veces lo recuerdo. A veces sólo el cuerpo cansado me lo dice. Al duro amanecer estás desvaneciéndote y entre mis brazos sólo queda tu sombra."
A veces abro los ojos muy temprano, y me quedo ahí, inmóvil, perdida, pensando. Coloco mi brazo izquierdo sobre mi frente, me volteo hacia la ventana y me acurruco, y sin mover un ápice, veo el amanecer desde mi cama. Y voy siguiendo con mis ojos a través de la cortina traslúcida el camino del sol hasta que se pierde a medio día. Para entonces, ya han entrado a hablarme en más de dos ocasiones. Adriana es mi favorita, siempre toma la mano que cuelga sobre mi frente, le da un beso, toma mi dedo meñique y platica alrededor de una hora conmigo. Termina diciéndome cuánto me quiere y cuánto me admira. Se pierde en mis ojos inmóviles y en mi proceso de respiración profunda con la boca. Esto me pasa quizá dos veces al año, mi tanatóloga dice que son sólo válvulas de escape que no hay mayor razón para preocuparse.
"No lo salves de la tristeza, soledad, no lo cures de la ternura que lo enferma. Dale dolor, apriétalo en tus manos, muérdele el corazón hasta que aprenda. No lo consueles, déjalo tirado sobre su lecho como un haz de yerba."
Cuando el día a día me sobrepasa, Adriana y yo buceamos en el mar de Cortés. No hay nada que me relaje más que inhalar nitrógeno bajo el mar. Dentro, el mundo se detiene y nada importa. Podría perderme horas, estar ahí, sin moverme, simplemente en flotabilidad neutra. Dejando que el mar me lleve a donde tenga que llevarme. Adriana es mi única ancla a la realidad. Es ella la que siempre revisa el equipo, toma el control del plan de buceo, e incluso dentro es la que está pendiente del tiempo, el profundímetro y hasta de mi manómetro. ¡Me lo recuerda tanto! Obsesiva y estructurada como él. Tiene esas manos huesudas que tenía Jorge y esa mirada intensa que me da miedo. Cuando está molesta, frunce el entrecejo y aparece esa actitud altiva y prepotente, tal como su padre. Jorge odiaba las injusticias, tenía una pelea constante con el mundo. Nunca entendió que el poder, la fuerza y la violencia no solucionan nada, y aún cuando con cada beso trataba de transmitirle paz y con cada sonrisa mía ternura. No fue suficiente. Por eso me encanta bucear porque es el único lugar donde se me está permitido pensar en él, porque nadie puede ver mi alma llorando a través de la máscara.
"Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos, porque te quise a tu hora, en el lugar preciso, y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple, pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste."
Murió un 23 de Enero hace ya casi 4 años, lo apuñalaron en un bar. Murió solo, como vino al mundo, una fría madrugada de invierno. Había perdido mucha sangre cuando lo encontraron. Traía consigo todas sus pertenencias así que descartamos la posibilidad de un asalto. Una pelea de borrachos lo separó de mí. Jorge podía ser tan intransigente, esa necesidad de él de dominar, de tener siempre la razón, de creer que lo podía todo, al final le costó la vida. Era un tipo común, alto, flaco, de facciones duras, simple, serio, directo, claro, le exasperaba la gente estúpida y odiaba las arbitrariedades. Compartimos juntos toda una vida, lo amé como no he amado a ningún otro ser en este mundo, me sentía segura a su lado, me miraba y el mundo cambiaba, me besaba y me transportaba a otro espacio, me tocaba y el universo entero colapsaba. Creo que sólo Adriana tiene su habilidad de hacerme reír, nunca puedo enojarme con ella y siempre termino cediendo a lo que pida. Es una gran mujer, sabe lo que quiere, lo busca y lo obtiene.
"No es nada de tu cuerpo, ni una brizna, ni un pétalo, ni una gota, ni un grano, ni un momento: Es sólo este lugar dónde estuviste, estos mis brazos tercos."
Vinimos a Loreto siguiendo la maravilla de su fauna y flora acuática. Jorge estaba emocionado por la gran variedad de especies endémicas que se pueden admirar a lo largo de los 1200 kilómetros que conforman el Golfo de California. Escogimos este pintoresco pueblo incrustado entre el Mar de Cortés y la majestuosa Sierra de La Giganta a 352 kms de La Paz, porque en nuestra primera noche aquí nos abrazó una intensa lluvia de estrellas. Así qué hicimos nuestros los viajes en bicicleta por el malecón, los domingos de nieve de limón en la plaza central y cada festejo de nuestra señora de Loreto a inicios de Septiembre. Cada rincón de Loreto comparte conmigo una historia con él. No es que lo extrañe. Sucede que cada piedra edificante de este lugar lo reclama. Sucede que cada molécula de aire y agua de mi cuerpo lo exige.
" Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor."
Adriana tenía 16 años años cuando le pedí a Jorge el divorcio una mañana de Agosto mientras desayunábamos. Tomó el último sorbo de su jugo y me dijo sin mayor pena "Si así lo quieres." Y así lo quise, porque la vida con él se trataba siempre de perseguir lo que no puede alcanzarse. Se trataba de estar parada a su lado esquivando golpes y atrapando aventuras. Nos separamos formalmente, pero vivimos juntos algunos años más hasta que murió. Éramos compañeros de buceo, fuimos compañeros de casa, compartimos la cotidianidad de la vida, cenábamos todas las noches juntos, hacíamos el amor una vez al mes y teníamos sexo todos los días. Dejé de jugar al amor y la posibilidad de irme me dio luz. Vislumbrar la libertad me arrojó nuevamente a él.
"Mensamente, insoportablemente, me dueles. Toma mi cabeza. Córtame el cuello. Nada queda de mí después de este amor".
Su olor a madera vieja impregnó mi cuerpo, me he lavado durante días para desencarnarlo pero aún no he podido. A veces oigo sus botas arrastrarse por el patio trasero, me quedo callada sin moverme, me da miedo volverlo a ver. Algunas tardes, me he parado en la puerta de adelante cuando la maleza ha invadido la terraza y puedo imaginarlo trabajando, con ese caminar desganado que le dice al planeta entero que no lo merece, sus pantalones rotos y su sonrisa irónica remedando del mundo. Sé que me estoy volviendo loca, sé que aunque Adriana diga que es parte del proceso y todo es normal, estoy perdiendo la cordura. No sé si te siento, te veo y te escucho porque te extraño o porque odio que hayas invadido mi vida con tu porquería. Lo que sí sé, es que "te has muerto y me has matado un poco, porque ya no estás, ya no estaremos nunca completos, en un sitio, de algún modo."