domingo, 8 de diciembre de 2013

Cada vez nos despedimos mejor...


Basada en la obra "Cada vez nos despedimos mejor" de Alejandro Ricaño
Diciembre del 2013

Quedé conmovida al terminar la función, sentada ahí, sólo mirando, entre filosófica, sensible  y creo que el otro adjetivo es impotente. Tuve que desaletargarme de mi petrificación temporal debido a que la pareja de junto me apresuraba a salir; pero ni ese pequeño incidente, ni la cerveza que me tomé después del teatro, ni la caminata de cuadra y media para tomar un taxi, impidieron que siguiera dándole vueltas al tema. 

Y lo recordé, con esa sonrisa afable que no le gusta mostrar. ¿Dónde estaría él ahora? ¿Le estaría haciendo falta? ¿Habría una despedida más entre nosotros? Tal vez nuestra historia no sea tan social, ni tan predestinadamente trágica como la de Mateo y Sara. El sí nació en Diciembre de 1979, pero a mí, la vida me trajo 2 años después, ¡Y crecimos en lugares tan distintos!  Que nunca nos encontramos a una temprana edad. Así que no estuvimos juntos ni en el terremoto del 85, ni en el apagón del sistema electoral cuando ganó Salinas, ni en las manifestaciones de Cárdenas quien juraría terminó por venderse. Aún no lo conocía cuando en 1993  el subcomandante Marcos se levantó en armas, cuando mataron a Colossio en 1994, cuando los bancos en medio de una crisis nacional se declararon en quiebra y se dio origen a lo que muchos denominaron el fraude del siglo: el FOBAPROA. No vivimos juntos en el 2000 la celebración del nuevo México democrático que permitía subir al poder al Partido Acción Nacional, tampoco comentamos sobre nuestro presidente en turno, cuando a principios del siglo intentaba comprar tierras  a menos de 70 centavos de dólar para la construcción de un aeropuerto, o cómo allá en Atenco el entonces gobernador del Estado de México ejerció una terrible mutilación de los derechos humanos en el 2006.

Lo ví por primera vez en la azotea de mi casa en julio del 2008, había sido un ciclo escolar complicado,debido a la inundación de Tabasco en el 2007 se habían perdido más de 2 meses de clases. La situación económica de Tabasco no era la mejor, se esperaba un repunte importante por la inyección económica que se hizo después del desastre, pero el índice de competitividad ese año era incluso menor. Pero eso, no era relevante en nuestras vidas, lo que era importante para nosotros era entender por qué la intensa necesidad de nuestros cuerpos por estar cerca. La proximidad, quizá, llegó a distorsionar la imagen de lo que creíamos ser. Nunca he terminado de entender el porqué...

En Septiembre del mismo año, mientras en Morelia se detonaban dos explosiones en la celebración de la independencia, nosotros nos separábamos por primera vez. Es irónico, pero fue su honestidad la que me fracturó. Volteó la cara y empañó esa mirada infinita, que nunca busca mis ojos y que languidece en el suelo cada vez que tiene que hablarme de algo complejo para él. Aún hoy, no he entendido si eso le sucede porque odia lastimarme o porque le apenan sus actos. Siempre he querido imaginar que de alguna forma le preocupo.

Nuestra primera despedida fue insulsa, no supimos como hacerla, así que regresamos una y otra vez. Aunque al principio regresábamos todos los días durante ese año y medio, los regresos fueron cada vez más esporádicos, pero siempre con la medida exacta y la pasión necesaria. Hasta que se fue en Marzo del 2010, justo una semana después de prometerme que las miradas empañadas que se perdían en el infinito desaparecerían.  Sonreí, mientras se despedía de mí por teléfono. No captaba fácilmente la realidad pero aún así lloré. Esa fue nuestra mejor despedida, dramática, pero sobre todo terminante. Creo que fue ahí cuando dejé de amarlo, o mejor aún, cuando dejé de amarme. Al igual que México descubrió  tras un mes de angustia que Paulette estaba muerta; mi ser, en un principio secuestrado, terminó por aniquilarse a sí mismo.

En junio del 2010, el huracán Alex lavaba con fuerza su paso por Nuevo León y el río Santa Catarina, desbordado, arrastraba en su caudal construcciones que ya sólo eran viejas historias. Días antes, nos habíamos despedido nuevamente. Creo que lo que importó en esta despedida fue que Alex, terminó por lavar mi corazón la noche del 30 de Junio mientras esperaba sola y vacía un avión que me llevaría hacia el Pacífico.
 
Hemos ido perfeccionando nuestras despedidas, cada vez son más contundentes y  más precisas, cumplen con el propósito de alejarnos más. No es que no sintamos el amor loco, posesivo e intenso de Mateo, no es que no tengamos esa contractura en el alma cuando nos separamos, o al menos, no es que yo no lo sienta; pero también está presente el desgaste, la ausencia del perdón y esa imposibilidad de amar que Sara carga consigo.
 
Ya había pasado más de un año para el último trimestre del 2011, deseaba verlo, pero igual deseaba lastimarlo. En Tabasco ya no eran noticia los más de 360,000 damnificados por las fuertes lluvias de Octubre, tampoco lo era haber firmado el tratado de libre comercio con Centroamérica después de año y medio de negociaciones, o que por esos días, México estuviera obteniendo su tercer boleto para ir a Londres.  A ese punto, ya nada era importante. Así que pensé que un encuentro casual tampoco lo sería, pero lo fue. Siempre he tenido la curiosidad de saber en cuál despedida dejó de amarme.  Yo infiero que fue en la del 2011 mientras manejaba molesto a su trabajo, prometiéndose, que sería la última. Él siempre fue el más coherente.  
 
No sabía que su adicción a mí lo llevaría a buscarme tantas veces durante el 2012, y al igual que los discursos de las campañas electorales de ese año, mucho se fue en promesas incumplidas y en disturbios personales. En movimientos fugaces que no arreglaron nada. Así de inservible y pasajero como el movimiento "Yo soy 132", que sólo mostró la falta de organización civil de nuestro país y un activismo mediocre que no soluciona nada y nos vuelve más tolerantes ante un gobierno y un sistema político ineficiente.
 
Así, al fin cansada, en medio de las discusiones por las reformas educativa, energética, y fiscal, en Abril del 2013 y sin previo aviso decidí echarlo. A distancia nos despedimos nuevamente, jurando cerrar para siempre este ciclo. Pero me habló una mañana de Julio y nos despedimos nuevamente en Octubre. Fue diferente. Me  abrazó en la puerta, no lo esperaba, fue un abrazo pretencioso, de esos que quieren aparentar que no pasa nada pero que reflejan que al terminar todo se desmorona, que todo pende de una pequeña telaraña. Le di un beso y supe que sería la última despedida. Aún lo creo. Esa tarde me dijo que no sabía amar; pero quiso decir que no podía amarme, que nuestras muchas despedidas han quizá discapacitado cualquier posibilidad.
 
Me pregunto sí tendremos otra despedida, definitivamente cada vez lo hacemos mejor... No entiendo este amor tan urbano que nos profesamos, gris, pálido, que existe, que está dentro, pero tan desgastado, tan leve, tan autodestructivo, tan repetitivo, que a este punto, se vuelve complicado anclarlo.


2 comentarios:

Jorge AlBeRt Alcocer M. dijo...

Mi querida Dane!! Qué lindo poder leerte de nuevo, me gusta mucho la forma en que escribes. Como te decía, me duele contigo la historia reciente de nuestro México y me dueles tú en esta historia de despedidas.
Me gustaría ver la obra, espero tener la oportunidad!
Sigue posteando en tu blog!

@dane_danonina dijo...

Hola Albert! Espero que la veas pronto. Como te comentaba, está muy buena y Diego Luna hace un excelente trabajo. Creo a veces que lo que más me duele, es ser una simple espectadora de esta historia.

saludos y un abrazo...